SECCIÓN

EL POETA DEL BANQUILLO

por Esteban Becker

El jubilado

 

Con el codo por fuera de la ventana de la cafetería de la estación, Manuel releía en la prensa los sucesos del día. Treinta y cinco años entre raíles no eran moco de pavo. No había nada más importante para él, que su pasión por lo férreo. Nada no, porque en tiempos pasados había sido un futbolista cotizado. Jubilado del fútbol a los treinta, Manuel, no había llegado a ser internacional, pero había sido uno de esos futbolistas emblemáticos, comprometido y apasionado por esa profesión tan hermosa que era ser futbolista.

Le apodaban “La Máquina”, y varios miembros de su familia enseguida le encontraron asociación con vagones y locomotoras. La oferta de RENFE, en Madrid, al principio, le supo mal. Más tarde entendió el buen hombre que un equipo se asemeja mucho a un tren. Todos tirando en la misma dirección, todos los vagones unidos por llegar a la meta.

-Bien puede decirse que los trenes marcaron toda mi segunda vida: oficio, profesión, trabajo, me permitieron descubrir que más allá del fútbol había esperanza, cosa que no creí jamás. ¿Y ahora? De activo a jubilado.  La jubilación  es lo mismo que decirte: “Oiga buen hombre, que resulta que ya está un pelín viejecillo para estas labores y de abajo vienen empujando. Hay que dar paso a la juventud”.

-¡Qué van a saber los jóvenes de trenes! ¡Pura teoría! ¿Y de romanticismo? ¿Cómo explicarles que uno hablaba con las locomotoras? Si hasta me escuchaban y me respondían con su potente vozarrón...

El tema es que no hace dos días que estoy jubilado y en lugar de quedarme en la cama calentito, he decidido volver a Atocha y viajar en tren.

La Mari me dijo que la semana siguiente me acompañaría, pero que hoy era muy precipitado, que por qué no podía esperar. Le dije que este tren pasaba sólo una vez. Ella me gritó que hiciera lo que quisiera, pero que tenía un mal presentimiento. Mal presentimiento no, que eres medio bruja le grité riendo.

El Manu se despidió de Frida su perrita con la que también conversaba al igual que con sus máquinas. Frida lloró como certificando las palabras de la esposa del ferroviario: Mal día para  trenes, ¡Guau! Creyó escuchar Manuel.

Manu, el futbolista, el ferroviario, el jubilado, cerró el periódico, terminó la última porra, bebió el último sorbo de chocolate, cogió la mochila del suelo y se dirigió al andén...

Manu no pudo apenas sentarse en su tren, tampoco pudo disfrutar de su primer día de jubilado.

Manu murió abrazado por los hierros, por sus máquinas, que en una plomiza madrugada de un once de marzo de un dos mil cuatro volaron por los aires de Madrid, de España y del mundo. Los presentimientos de la Mari y Frida se cumplieron: Mal día para trenes.

 

Comenzaba a llover en Madrid o, quizás, no eran más que las lágrimas de las viejas locomotoras despidiendo a su amigo Manuel.

 

Realizado en Laboratorio AudioVisual Mundo X [laboratorioaudiovisualmundox@gmail.com] para Esteban Becker. 2014